dilluns, 8 de febrer de 2010

La mort de Descartes

Arsénico para Descartes
Un historiador concluye que un capellán fanático envenenó la oblea con la que comulgó el filósofo.
El filósofo, matemático y científico René Descartes, considerado el iniciador de la filosofía moderna, fue asesinado por un capellán conservador llamado François Viogué, con quien solía confesarse durante su estancia en Estocolmo. El método para envenenarlo fue tan simple como bañar con arsénico la oblea con la que iba a comulgar. Esa es la conclusión de la investigación llevada a cabo por el historiador Theodor Ebert en un ensayo que ha causado gran revuelo, tras su reciente publicación en París.
La tesis de que Descartes murió de pulmonía fue desmentida por primera vez en 1980 por el especialista alemán Eike Pies, después de que éste hubiera hallado una carta escrita a un colega por el médico holandés Johan van Wullen, que trabajaba al servicio de la reina Cristina de Suecia, cuando esta contrató al filósofo francés para que la instruyera. La misiva fechada en 1650 revela los síntomas que tuvo durante los diez días anteriores a su muerte que en nada se parecen a los de una enfermedad respiratoria y sí a un envenenamiento. Primero tuvo sueño profundo y no comió, bebió, ni tomó ningún medicamento. Luego estuvo agitado, más tarde se quejó de mareo y de fiebre interna. Al octavo día incluso tuvo hipo y vómito negro. Finalmente, la respiración se volvió inestable y la mirada quedó extraviada, presagiando su muerte. Los patólogos a los que consultó el historiador no tuvieron dudas de que murió por intoxicación de arsénico Descartes era un filósofo de fama, al que se enfrentaba el integrismo religioso, que consideraba sus teorías matemáticas y científicas como sospechosas de herejía, casi tan peligrosas como las de Galileo. Su aceptación de contribuir a la formación de la joven reina sueca, que deseaba convertir su corte en el centro de la cultura europea, fue su perdición. Alojado en la residencia del embajador francés, igual que el reaccionario capellán Viogué, este urdió un plan para matarlo, corroído de envidia por su posición de privilegio en palacio y por el odio intelectual a sus ideas. El embajador Chanut, que debió sospechar del clérigo, grabó en la lápida una enigmática inscripción: "Expió los ataques de sus rivales con la inocencia de su vida". Las desdichas de Descartes no terminaron ahí, como se deduce de que el cuerpo del filósofo descanse en la iglesia de Saint Germain-des-Près y la cabeza en el Museo del Hombre, igualmente de París. Un oficial de palacio sustrajo el cráneo, lo que se descubrió al trasladar sus restos, a los 16 años de su muerte. Un químico sueco cedió la calavera a Francia en el siglo XIX, pero no se la unió al cuerpo, sino que fue llevada al museo. El final de Descartes es propio de la mejor novela negra, incluido el epílogo del cadáver sin cabeza. Lo más previsible son los motivos del asesinato, porque los fanatismos resultan siempre los sospechosos habituales.
Informació publicada per la Vanguardia el 08/02/2010